30 may 2012

Vidas y sueños centenarios


  • Estos seis ancianos alemanes tienen más de cien años y han sobrevivido a dos guerras mundiales.
  • El fotógrafo Karsten Thormaehlen los retrata con dignidad y respeto.
  • "Los viejos son indispensables", asegura el retratista alemán.
 Al mundo le crecen arrugas a ritmo de vértigo. No tienen nada que ver con la angustia provocada por los desastres, la política del abuso, la economía del desfalco o la incontinencia social. Son arrugas en la piel, cicatrices del tiempo, marcas del relojero biológico...

La señora Erna Kalies (arriba, segunda por la izquierda) nació el 6 de septiembre de 1908, es decir, cumple 104 años en unos meses. Ella sabe de relojes y de la necesidad de ser selectivo con tu agenda interior para que las manecillas no te hagan demasiado daño: "Trabajé toda mi vida cosiendo vestidos para las mujeres de centenares de políticos, pero no recuerdo sus nombres". Lección práctico-moral: no es necesario recordar el nombre de un estadista para llegar a los 104.
Abandonemos desde el principio el adjetivo mayores, amañado para cócteles en los que la corrección léxica tiene la misma importancia que la marca de zapatos, y el insolente diminutivo viejitos. Son viejos –una de las acepciones del diccionario es poesía mayor: "Que no es reciente ni nuevo"–. Simple y orgullosamente, viejos. Tus abuelos, vaya.

"Asocio la palabra viejo con madurez, sabiduría, dignidad...", dice el fotógrafo alemán Karsten Thormaehlen, que tiene 47 años pero sabe bastante de los viejos más viejos, los centenarios. Ha retratado a varias decenas para el proyecto Jahrhundertmensch (Centenarios), que se acaba de editar en libro en versión bilingüe inglés/alemán (Editorial Kehrer) con el título Mit hundert hat man noch Träume (Con cien años todavía se sueña). El impulso inicial le llegó cuando en un diario de provincias vio una foto ("técnicamente muy pobre, indignante") de un centenario local en su fiesta de cumplesiglo.
El número 100 tiene buena prensa. Los numerólogos lo relacionan con el absoluto, dios, la superación de la nada y el infinito; los italianos dicen "cent'anni!" para enunciar buenos deseos; los hindús besan los pies de los centenarios para obtener buena suerte... Algunos gobiernos sacan partido de la ternura universal que despiertan los ancianos, y ya que no suben las pensiones (cuatro de cada cinco viejos no cobran ninguna prestación pública, según la ONU), aprovechan para hacer relaciones públicas: en  EE UU los centenarios reciben una carta manuscrita del presidente; en el Reino Unido, de la reina; en Suecia, un telegrama; en Japón, una taza de plata del primer ministro; en Irlanda, única excepción a la extendida palmadita en la espalda, les ingresan una paga de 2.500 euros; en España, ni las gracias...
Los centenarios alemanes de las fotos fueron obligados a llevar prendas claras para contribuir a la atmósfera positiva que el fotógrafo buscaba en los retratos, pero las cosas no fueron fáciles en el estudio. "Muchos se sentían incómodos, especialmente los hombres, que no sabían hacia dónde mirar o qué hacer. Algunas mujeres, por el contrario, estaban en su salsa. La vanidad es una de las virtudes más fuertes del ser humano, supongo", dice Thormaehlen, que además del matiz discutible de la última frase, no tiene problema en revelar que en la serie hay algo de fingimiento: "La felicidad que demuestran es solo parcial. Encontré a muchos centenarios deprimidos que querían estar felices en la foto. La buena salud que aparentan es también relativa. Algunos estaban en silla de ruedas; otros, casi ciegos, sordos o enfermos; otros fallecieron al poco tiempo".

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